Antonio Herrera observa cómo a comienzos de la Edad Moderna la tierra en régimen de realengo predomina en el Aljarafe frente al señorío, en torno al 74%, toda ella sujeta a la jurisdicción de Sevilla, tal como se había dispuesto en el Repartimiento. El 26% restante estaba repartido entre el señorío eclesiástico y el secular. En cuanto al primero, (17’5%), se dividía a su vez en el dependiente del arzobispado (Umbrete y Rianzuela) y cabildo catedral de Sevilla (Albaida y la mitad de Quema) y el perteneciente a las órdenes religiosas regulares (Santiponce, que pertenecía a los jerónimos de San Isidoro del Campo) y militares (Orden de Santiago: Benazuza; Castilleja de la Cuesta, a excepción de la Calle Real; Villanueva del Ariscal y los heredamientos del Almuédano y Torrequemada. La Orden de Alcántara: Castilleja de Alcántara, luego de Guzmán; Heliche y el donadío de Characena (Huévar). La Orden de Calatrava: la encomienda de Villalvilla, Caxar y Almojón, en la mitación de Cazalla Almanzor. El 8’5% restante estaba en manos del señorío jurisdiccional secular, siendo los más importantes los de Benacazón, Castilleja de Talara, Gelo, Gelves, Gines y Olivares. Sin embargo, tal como nos demuestra Herrera, estas proporciones cambiarán a lo largo del siglo XVI y primera mitad del XVII, en la dirección del señorío secular con una incidencia de tal magnitud que prácticamente la totalidad de la tierra aljarafeña quedará en manos de señores seculares quedando casi extinguido el realengo y el señorío eclesiástico. Dos fenómenos darán lugar a esta significativa inversión de la propiedad, en primer lugar la venta del señorío eclesiástico en el siglo XVI; y, en segundo lugar, la venta del realengo en el XVII.
La política del emperador Carlos V estuvo necesitada constantemente de recursos dinerarios y, por ello, de arbitrar medidas para allegarlos. Una de ellas fue la venta de bienes raíces de las órdenes militares, así en 1537 desmembró de la Orden de Santiago a Villanueva del Ariscal y los heredamientos del Almuédano y Torrequemada para venderlos al primer conde de Gelves; al año siguiente, tocó el turno a la Orden de Alcántara con las villas de Castilleja (conocida a partir de ahora por de Guzmán), Heliche y el donadío de Characena, vendidos al primer conde de Olivares, a quien se le vendió en 1539 Castilleja de la Cuesta (de la Orden de Santiago). En este mismo año se vendió Benazuza, que era villa ubicada junto a Sanlúcar la Mayor, al jurado sevillano Juan de Almansa. Don Pedro de Guzmán, conde de Olivares, se quedó con las ganas de redondear su magnífica compra con la adquisición (además de la Calle Real de Castilleja) de “la perla del Aljarafe”: Sanlúcar la Mayor, que finalmente quedó anulada por la oposición que presentó el Cabildo de Sevilla que se vio obligada a comprar su jurisdicción.
Bajo el reinado de Felipe II volvieron las ventas de lugares eclesiásticos aljarafeños, esta vez con el argumento de afrontar los enormes gastos producidos por la empresa que desembocó en la batalla de Lepanto. La primera venta fue en 1576 Rianzuela, cercana a Aznalcázar, propiedad de la dignidad arzobispal se vendió al veinticuatro de Sevilla Fernando de Solís. Entre 1578-79 se vendió Albaida y Quema, propiedad del deán y cabildo de la catedral de Sevilla, la primera se enajenó a Enrique de Guzmán, segundo conde de Olivares y Quema a Gaspar Barberán de Guzmán, aunque se dispusieron otras connotaciones jurídicas, distintas a las anteriores, y más favorables para los vendedores que Herrera nos explicita concienzudamente.
En el siglo siguiente, el XVII, llegaría el turno de las tierras y jurisdicciones de realengo. Antonio Herrera estudia estas ventas en dos apartados: las que se realizan en la dirección del aumento del patrimonio del Conde-Duque de Olivares y las de otros señores. Las adquisiciones del Conde-Duque en el Aljarafe se realizan entre 1623-1641, y fueron encaminadas a redondear su Estado en torno al centro del mismo: la villa de Olivares, con una intención clara, según nuestro autor el Conde-Duque pensó retirarse, cuando esta situación llegase, a su Estado: “había decidido que su sereno retiro estaría en el lugar de sus posesiones patrimoniales”; e, incluso, cuando esto se vio como un imposible, ordenó enterrar su cuerpo en el convento jerónimo que pensaba fundar en San Juan de Aznalfarache. Y comenzó, tal como nos apunta Herrera, con lo que había constituido sendas decepciones para su abuelo, el primer conde de Olivares: la Calle Real de Castilleja (1625) y, sobre todo, Sanlúcar la Mayor (1623). Tras estas adquisiciones, en 1627 pedía al rey la venta de Dos Hermanas, Bormujos, Espartinas, Tomares, San Juan de Aznalfarache (de Alfarache, dice), Coria, La Puebla y Aznalcóllar. No sería así exactamente, el orden fue: Tomares con San Juan y Aznalcóllar (incluidas en Tomares las aldeas de Saudín Alto y Bajo) (1627); Coria (1630); Camas (1635); Bollullos de la Mitación (con sus heredamientos de Torreblanca, Torre de las Arcas, Palmarraya, Ajuben, Regaza, Bayona, Rejujena, Macharlomar de Umbrete, Almonasterezgo), Palomares (con Almensilla, Majalcófar, Seismalos, Porsuna y Merlina), Mairena del Aljarafe (fue concejo independiente de Palomares a partir de esta venta), La Puebla junto a Coria (con las Islas Mayor y Menor y el heredamiento de Puñando) y Salteras guarda y collación de Sevilla (con el Almuédano) (1641). Con estas ventas, más del 55% de la tierra del Aljarafe quedaba bajo el señorío de la Casa de Olivares. Además, el Conde-Duque acumuló los siguientes títulos y oficios: mayorazgo de Olivares, ducado de Sanlúcar la Mayor, marquesado de Heliche, condado de Aznalcóllar y marquesado y mayorazgo de Mairena. Los oficios de Alférez mayor en Sanlúcar, Alguacil mayor en Coria, patronazgo del convento de carmelitas de Sanlúcar y del de franciscanos de Castilleja de la Cuesta.
Otro lote de tierras aljarafeñas (las pocas que no compró don Gaspar de Guzmán) iría a parar a las manos del patriciado urbano sevillano y de otras casas solariegas. Valencina del Alcor se enajenó en 1630 a don Luis Ortiz Ponce de León y Sandoval, en 1639 se convertiría en marqués de Valencina. En este mismo año se vendió Espartinas (aunque no se otorgó el privilegio hasta 1654) al veinticuatro de Sevilla don Diego Caballero de Cabrera, ya en 1631 éste había levantado en el camino de Sanlúcar y de Loreto, horca, picota, cuchillo y azote como señal de su autoridad jurisdiccional. La última villa realenga enajenada en el Aljarafe sería una de sus perlas: Aznalcázar, vendida en 1653 (tras varios intentos anteriores de vender sus alcabalas) a don Baltasar de Vergara y Grimont.
Antonio Herrera destaca cómo los compradores de la primera hornada, el primer conde de Gelves y el primer conde de Olivares, fueron segundones de casas nobiliarias importantes quienes, militantes en el lado del emperador y a favor de su autoridad en las comunidades, consiguieron medrar para sus nuevos títulos tierras y vasallos; por otro lado, los de la segunda, si exceptuamos la excepcionalidad del caso del Conde-Duque, también están en la línea de segundones de familias más o menos nobles y, sobre todo, en la burguesía sevillana, el patriciado urbano (vemos a muchos veinticuatros y jurados) que pretendían, a través del dominio jurisdiccional de la tierra, aumentar su prestigio en un asalto a títulos nobiliarios que la venalidad de Felipe IV, y otros monarcas, les iba a proporcionar.
En el siglo XVIII estos señoríos habían sufrido distintas modificaciones: Bollulos de la Mitación y Palomares del Río (con Almensilla) habían vuelto a la jurisdicción realenga bajo el control de Sevilla, no se sabe muy bien por qué motivos, o como resultado de los pleitos tras la muerte del Conde-Duque o por deudas de éste con la Real Hacienda. El señorío constituido por don Gaspar de Guzmán se disgregó en dos ramas: el Estado de Olivares: Albaida, Camas, las dos Castillejas, Heliche, Olivares, Salteras, Tomares y San Juan de Aznalfarache, que heredó el sobrino del Conde-Duque, y nuevo valido real, don Luis Méndez de Haro; por otro lado, el señorío constituido por el marquesado y mayorazgo de Mairena que recayó en el hijo natural del Conde-Duque, don Enrique Felípez de Guzmán, con Palomares, al que se añadieron, tras los continuos pleitos, Sanlúcar la Mayor con su ducado, Mairena del Aljarafe con su marquesado, Aznalcóllar con su condado, Coria, la alcaidía del castillo de Triana y el alguacilazgo mayor de la Inquisición, que heredó el yerno del Conde-Duque el duque de Medina de las Torres y que, a su vez, heredarían sus sucesores los príncipes de Astillano y condes de Altamira. El resto de los territorios de señorío, en algunos casos, se sucedieron a los herederos de sus anteriores poseedores y, en otros, cambiaron de dueños aunque no de sistema sociopolítico.
La incidencia de estos señores en los lugares aljarafeños fue distinta, los que adquirieron sus posesiones en el siglo XVI, que además serían en buena medida señores territoriales, parece que mediatizaron aún más el discurrir vital de esos lugares aunque, según Herrera, no parece que abundaran los roces entre gobernantes y gobernados. Esta influencia local parece que fue menos determinante en los lugares adquiridos en el siglo XVII, allí hubo roces y conflictos con los concejos de las villas aljarafeñas cuyo gobierno sus señores abandonaron en manos de delegados (gobernadores, alcaldes mayores, etc.), por lo que la administración de estos concejos se redujo a la confirmación de oficios y cobranza de ciertos derechos cada vez más exiguos. De los primeros se conservan, o al menos hay noticias, de ordenanzas que regulaban la vida local.
CAP. II. LA PROPIEDAD Y LA EXPLOTACIÓN DE LA TIERRA:
Antonio Herrera distingue tres grupos de poseedores de la tierra aljarafeña: la nobleza, la aristocracia de los negocios sevillana y la Iglesia. La gran propiedad es la que absorbe la mayor y mejor parte de las tierras del Aljarafe, hasta un 35-40% del conjunto de las mismas, estima nuestro autor, está en manos de la nobleza vinculada en los mayorazgos de procedencia bajomedieval o como latifundios libres propiedad de la nobleza o la burguesía comercial sevillana. Procedentes de la Baja Edad Media estaban, entre otros, los latifundios de la familia Marmolejo en Camas, Ortiz de Zúñiga en Valencina, Lando y Ruiz de León en Belmonte y Rejujena (Bollullos de la Mitación), Melgarejos en Majalcófar (Almensilla), Esquiveles y Portocarreros en Benacazón, los Ortices en Palomares, los Roelas en Torrearcas (Bollullos), Bormujos, Mejina (Espartinas) y Mairena, todos ellos sirvieron de base con sus acumulaciones de propiedades territoriales para las fundaciones de mayorazgos, que proliferaron en el Aljarafe, en el siglo XVI. Esta importantísima institución del mayorazgo sirvió, con la vinculación de las tierras a ellos adscritas, para asegurar una continuidad en el tiempo y en el espacio del linaje, una intención, la de perpetuación del linaje que se desarrolla enormemente en el siglo XVI vinculada a los fuertes capitales que están surgiendo en Sevilla en relación con el comercio de la Carrera de Indias y la “necesidad” de ennoblecerse de los titulares de estos capitales cuyo primer paso sería la constitución de un mayorazgo.
Según Antonio Herrera el núcleo más importante de los bienes vinculados en el mayorazgo lo constituía el olivar y, como consecuencia de ello, los molinos aceiteros con sus pertrechos: piedras, vigas, silos, tinajas, almacenes y casas de cogederas. Seguían en importancia las tierras de pan sembrar y las viñas, éstas con sus bodegas, lagares y tinajas. También se incluían casas, en no pocas ocasiones en forma de haciendas entre las que aparecen con frecuencias capillas u oratorios (Torrearcas, El Alcarria o Torrijos). El resto de las tierras vinculadas serán dehesas, ejidos, prados y pastos y tierra montuosa o pinares; los higuerales, tan frecuentes en el Repartimientos, prácticamente habían desaparecido y aparecen ahora alamedas. A estas generalidades vinculadas, habría que añadir ciertas especialidades: señorío y jurisdicción de villas; censos y tributos; juros; las alcabalas del lugar; patronatos sobre capillas en la Iglesia parroquial y conventos. Los poseedores de estos mayorazgos erigidos en el quinientos estaban vinculados a la burguesía terrateniente sevillana, no ostentaban, aún, títulos de nobleza y formaban parte del patriciado urbano que controlaba el cabildo secular sevillano. Casi todos ellos poseían casas principales en Sevilla, Herrera nos da la ubicación de algunas de ellas: los Duarte de Benazuza en la collación de San Nicolás; los Roelas de Torrearcas en Omnium Sanctorum; los Roelas de Mairena en San Andrés; los Caballero de Cabrera de Espartinas en la calle Francos; los Melgarejo de Tablantes en San Miguel; los Arellano de Gelo en San Bartolomé; los Zúñiga de Gines y Valencina en San Andrés y San Martín y los Santillán de Valencina en San Vicente.
Todos estos mayorazgos se vieron acrecentados a medida que aumentaba la riqueza de estas familias, en muchas ocasiones, por medio de la creación de segundos mayorazgos; el más destacado, sin duda, tal como afirma Herrera, es el del Conde-Duque de Olivares en 1624 y 1628 con el añadido, entre otros, del señorío de Sanlúcar la Mayor con su título ducal y el marquesado de Heliche. Fue tanta la tierra vinculada en el siglo XVI que en los posteriores apenas se crearon mayorazgos, reduciéndose a los creados en el XVII en Gelo y Tablantes y en el XVIII en Torrequemada y Benajiar por el primer marqués de Torreblanca del Aljarafe. Lo que sí se produjeron en estos siglos fueron ventas y acumulaciones de los mayorazgos. Más del 90% de estos mayorazgos, estima Herrera, lo poseyeron a partir de la segunda mitad del siglo XVII la nobleza titulada que, además, fue propietaria de otras tierras, rentas y oficios bajo distintas estructuras jurídicas.
De dos formas, nos afirma Herrera, fueron explotados estos latifundios: de una forma directa o indirecta. De la primera el propietario intervenía a través de sus administradores y que Herrera asocia fundamentalmente al cultivo del olivar aunque también alude a cortinales, huertas y arboledas de frutales. La forma indirecta de explotación de la tierra se vincula a los arrendamientos y las enajenaciones enfitéuticas, la segunda predomina en el siglo XVI y primera mitad del XVII, mientras que el arrendamiento predominará en la segunda mitad del XVII y el XVIII, todas las vicisitudes de estos contratos nos las expresa Herrera con todo lujo de detalles (pp. 142-162).
En cuanto a las propiedades eclesiásticas, nos afirma Herrera, están constituidas por una “verdadera maraña”: Mesa arzobispal de Sevilla, el cabildo catedral, la fábrica y capellanías catedralicias, las comunidades religiosas sevillanas, los hospitales sevillanos, las comunidades religiosas aljarafeñas, las cofradías y los hospitales de villas de la comarca, imágenes de especial devoción, etc. Antonio Herrera estructura, para su estudio, en cuatro apartados estas propiedades: las de las instituciones catedralicias; las del arzobispado de Sevilla; las Órdenes religiosas y las parroquiales (pp. 163-200).
CAP. III, LA PRODUCCIÓN:
Tres cultivos fundamentales basan esta producción: la triada mediterránea con el olivo, la vida y el cereal, que comprendían el 60% de las tierras aljarafeñas y más del 98% de las tierras labradas del Aljarafe.
El olivar no representó, contra lo que pudiera parecer, la principal fuente de explotación agrícola del Aljarafe. Ni siquiera lo fue así en el Repartimiento en el que predomina la tierra de sembradura. Esto lo corrobora las continuas protestas sevillanas contra el descepe de olivos aljarafeños para su utilización como leña, casi siempre fundamentadas en la esterilidad de los esquilmos. Frente a esto, Herrera observar un fuerte incremento de los precios y de valor de los olivares y un mantenimiento en las centurias del Antiguo Régimen como “cultivo señorial, de salida asegurada y rentabilidad remuneradora a largo plazo” (p. 231). La base económica fundamental del rendimiento del olivar estaba constituida por el aceite, Herrera ha conseguido reunir muchas alusiones a la bondad de esta grasa vegetal aunque, afirma, todo cambia cuando llega la hora de establecer rendimientos, utilizando para establecer aproximaciones las relaciones de cuentas de la administración de la renta del diezmo del aceite, concretamente para el periodo 1758-1780. El Aljarafe se hallaba dividido, a efectos de la fiscalidad del diezmo aludido, en veredas: la de Sanlúcar la Mayor, con veinte molinos; la de Aznalcázar que incluía en sus veinte molinos los de Bollullos y Benacazón; la de Huévar con otros tantos molinos; la de Tomares con más de treinta molinos y la de Villanueva con una veintena de molinos. En el periodo que estudia son escasas las cosechas excelentes (superiores a las 150.000 arrobas) que se suelen producir con una periodicidad de 8-9 años precedidas, a su vez, de cosechas mínimas seguidas de otras bajísimas (inferiores a 30.000 arrobas). Concluye Herrera con una tónica predominante de buenas cosechas con una producción media de 80.000 arrobas anuales, con un rendimiento medio de 12 arrobas por aranzada (en las tierras de primera clase), de 9 en las de segunda y de 5 en las de tercera, existiendo en el Aljarafe más de 8000 aranzadas de primera y segunda clase y alrededor de 3000 de tercera.


En cuanto a la viña Herrera detecta una expansión del viñedo durante todo el siglo XV y el XVI, mientras que nuestro autor afirma estar tentado de afirmar que durante el siglo XVII retrocede el viñedo aljarafeño vinculado al estatuto de crisis generalizada de ese siglo. En el siglo XVIII, como en otros aspectos, se produce una recuperación, con unas 5000 aranzadas de viñedos repartidos por todos los lugares del Aljarafe aunque era predominante en los términos de Espartinas, Umbrete y Villanueva del Ariscal, aunque era muy importante en el de Bollullos de la Mitación, en cuyos términos se reunía prácticamente el 50% de las viñas aljarafeñas. En cuanto a la producción, Herrera no detecta los altibajos que se había producido en la producción olivarera, detecta el autor un rendimiento bastante estabilizado, continuo y remunerador del viñedo. Ni que decir tiene que este rendimiento variaba según la calidad de las tierras, así la aranzada de viña de primera clase producía de media 62 arrobas de vino, los términos de mayor producción por aranzada son los de Aznalcázar, Bollullos, Bormujos, Espartinas, Huévar, Mairena, Palomares, Salteras, Tomares con San Juan, Villalbilla y Villanueva del Ariscal con una media que oscila entre las 70-75 arrobas por aranzada. Para Herrera, el 15% de la extensión de las tierras dedicadas a la vid corresponden a la uva consumida en verde, los precios, por fin, oscilaron sobremanera dependiendo del año e, incluso, del término municipal en cuestión.
Respecto de la tierra de sembradura, Herrera afirma que ocupa la mayor extensión del Aljarafe, así en el siglo XVIII alcanzaban casi la mitad de la totalidad del Aljarafe y las tres cuartas partes de sus tierras cultivadas; sin embargo, fueron las de más bajo rendimiento por aranzada. Para el autor, la extensión de este cultivo cerealístico fue en función de las propias necesidades de consumo y sementera aljarafeñas. No contó el autor con tiempo de establecer gráficas de producción, aunque afirma que la fluctuación de la producción cerealística hubo de darse tal como Pierre Ponsot había establecido para la localidad de Bollullos del Condado, con una tendencia a la subida de precios durante los tres siglos estudiados. A mediados del siglos XVIII, son 50.000 las aranzadas destinadas en la comarca a la sembradura que suponen el 46’5% de la extensión total del Aljarafe, representando un predominio casi absoluto en los términos situados en el norte de la comarca: Olivares, Albaida y Salteras; y, en menor medida, Valencina y Santiponce. A este territorio, habría que sumarle la zona transicional al Campo de Tejada, en las que predominan las 9699 aranzadas de sembradura de Aznalcázar. En todos estos términos se dio el sistema de cultivo de año y vez, dejando en barbecho tierras que se sembraban al año siguiente y con el predominio absoluto del trigo y la cebada que produjeron un rendimiento medio de 7’35 por uno para el trigo en las tierras de primera clase, de 6 por uno en las de segunda y de 4’5 por uno en las de tercera. Para la cebada los rendimientos eran de 7’5 por uno, de 6 por uno y de 5 por uno respectivamente. Se complementaba la tierra de sembradura con la siembra de centeno, zahína, maíz, escaña. Entre las semillas y legumbres predominan: arvejones, habas, yeros y garbanzos. Hay que destacar también los melones y sandías, el lino y el cáñamo. Antonio Herrera también estudia la incidencia de otros cultivos y aprovechamientos rurales, así como de la vegetación forestal y montuosa. Por último, remata el capítulo con el estudio de la ganadería y su relación con las dehesas boyales de los concejos.

CAP. IV, DEMOGRAFÍA Y SOCIEDAD:
Para Herrera establecer tendencias demográficas en el Aljarafe durante el periodo que estudia, ha sido el problema más arduo de los enfrentados a la hora de elaborar su magnífico estudio. La escasez de fuentes así como la propia incertidumbre y contradicciones de las utilizadas, están en la base de estos problemas.
Parece que a partir de las repoblaciones del siglo XIV el crecimiento y estabilización territorial de la población aljarafeña se presenta como un hecho evidente, y se hará, frente a la dispersión de épocas anteriores, por medio de una concentración en villas con organización concejil castellana que traerá como consecuencia más evidente el fenómeno, interesantísimo, de los despoblados aljarafeños como producto de “una desaparición del antiguo sistema agrario y una transformación en las formas de explotación del suelo” (p. 317)
La tendencia de la población aljarafeña en los tres siglos estudiados por Herrera es de aumento progresivo, establece un porcentaje de crecimiento para el periodo que oscila entre el 34% y el 45%. Por siglos destaca el XVI como un periodo de fuerte crecimiento demográfico al hilo del crecimiento, de todo tipo, que experimenta la propia metrópoli sevillana, destacando Sanlúcar la Mayor; por el contrario, los baches demográficos se sitúan en el siglo XVII, Herrera señala como causas las epidemias (señalando especialmente la terrible de 1649) y la crisis generalizada de Castilla y no le parecen de suficiente importancia para esta incidencia las cifras de emigrantes a Indias. La recuperación se observa de los años finales del siglo XVII y, ya más claramente, en el XVIII; por consiguiente, la conclusión es positiva se observa un crecimiento durante todo el periodo.
La sociedad aljarafeña es básicamente campesina, tiene sus fundamentos en la explotación agrícola “y aunque inculta hábil y dotada de bastantes dosis de sentido común y experiencia acumulada para mirar con serenidad y buen juicio los acontecimientos y avatares de la vida” (pp. 336-37). Para Herrera, los señores a pesar de aparecer censados en las villas aljarafeñas, no vivieron en ellas “sino en salvas y contadas épocas del año”, la nobleza, por tanto, no incidía de una manera directa en la vida aljarafeña. Si la población protestaba contra posibles atropellos tributarios, ésta la canalizaba a través de sus gobernadores o administradores y, aunque se dio casos de enemistad entre señores y vasallos, predominaron las relaciones pacíficas y la aceptación indiscutible del señorío. Sin embargo, Herrera sí detecta entre los vecinos aljarafeños a la pequeña nobleza, caballeros e hidalgos, si bien en corto número y, por ello, con escasa incidencia. Quien de verdad dejó sentir su peso estamental en estas poblaciones sería el clero. En el Aljarafe se detectan conventos, aunque no en gran número, franciscanos en Castilleja de la Cuesta, Loreto (Espartinas) y San Juan de Aznalfarache, mínimos en Aznalcázar y jerónimo en Sanlúcar la Mayor donde también existían carmelitas descalzos y un hospicio de basilios reformados. Sí son numerosos los clérigos seculares presentes en todas las parroquias, encargados de ellas, a través normalmente del servicio del beneficios simple, o sirviendo capellanías o memorias de misas. En cuanto a las “clases medias”, Herrera detecta un amplio abanico de profesiones y oficios; el autor habla de una “burguesía rural” que copa los oficios concejiles, mientras que el estrato más bajo de esta capa está constituido por aquellos dedicados a los servicios más modestos encuadrados por Herrera en el grupo “artes y oficios”; unas clases medias, en fin, que suponen algo menos de la cuarta parte de la población activa aljarafeña. La clase más numerosa, y que deja menos documentación para el historiador, es la campesina que suponía entre el 70-75% de la población activa y cuya función era la participación en las tareas agrícolas. La ausencia de conflictos hace pensar a Herrera una cierta benevolencia en las condiciones de trabajo que achaca a la fertilidad de las tierras aljarafeñas y al trabajo casi continuo “cuyas condiciones le facilitaron una vida sosegada y relativamente feliz, dentro de la humilde moderación de sus miras y ambiciones y habida cuenta de su sobriedad”. (p. 343). Herrera detecta pobres de solemnidad, aunque es imposible su contabilidad, así como minorías étnico-religiosas, en proporciones mínimas. Una estructura social sencilla, sin clases radicalmente distantes, en una población densa y ocupada de base económica agraria que cubría con creces las necesidades poblacionales de la comarca.
CAP. V, LA VIDA DIARIA:
El autor divide su estudio de la vida diaria en tres secciones: la vida concejil, la vida religiosa a través de la organización eclesiástica y, por último, la religiosidad popular.
En el capítulo anterior Herrera había establecido los municipios o concejos del Aljarafe que aparecían en el siglo XIV: Aznalcázar, las mitaciones de Bollullos, Cazalla Almanzor (Espartinas) y Santo Domingo del Repudio (Bormujos), Coria, Huévar, Palomares, Salteras y Sanlúcar la Mayor. Un siglo más tarde, en el reinado de los Reyes Católicos, aparecen ya prácticamente todos los concejos que constituyeron las villas del Antiguo Régimen. El gobierno local se haya constituido por un alcalde mayor o gobernador, o por tenientes de éstos, que son nombrados por el señor de la villa; los alcaldes ordinarios, en número de dos (estado de los hijosdalgo y pecheros), articulan la vida municipal y se constituyen en jueces de primera instancia ante los conflictos locales; los regidores, en número variable, (uno en Castilleja de Guzmán o Umbrete, cinco en Salteras, siete en Aznalcázar); alcaldes de la Santa Hermandad, en número de dos, que junto con los cuadrilleros combatían los delitos rurales; alguaciles, mayores u ordinarios, ejecutores de las decisiones judiciales; los mayordomos-receptores, a cuyo cargo estaba la contabilidad concejil; los escribanos, el único de los “funcionarios” concejiles que gozaba de salario, levantaba actas de los cabildos, en muchas ocasiones disfrutaban de una escribanía pública (notarios). Estos fueron los oficios concejiles más comunes, pero se dieron, en menor proporción otros: síndicos-procuradores, depositarios o administradores del pósito, alféreces mayores, colectores y receptores de bulas o del papel sellado, etc. La elección de estos cargos concejiles se realizaba anualmente en los primeros días del año, por unos electores que variaban en número y que disfrutaban de un cierto prestigio social. En los lugares de señorío, correspondía a los señores, tras la elección, efectuar la confirmación de los elegidos, en el caso de lugares de realengo esta confirmación la daba su señor: el cabildo de Sevilla. Esta sería, según Herrera, la conformación teórica del municipio, el desarrollo de la vida municipal a lo largo de estos siglos permitió múltiples variaciones y circunstancias en los distintos lugares aljarafeños, algunas de las cuales narra nuestro autor (pp. 362-374).
La vida municipal se establecía en torno al Ayuntamiento o Casas del Cabildo, la vida religiosa se hallaba distribuida por la Iglesia parroquial. Tras la conquista de Sevilla por las tropas castellanas se produce la recristianización del territorio, las primeras parroquias aljarafeñas serían: Aznalcázar en cuya limitación entraba Castilleja de Talara, la Torre de Benicaço (Benacazón) y Chillas; Bollullos; Cazalla Almanzor, de la que era filial la de Gines; Coria con tres clérigos; Cuatrovita, Palomares con sus filiales de Gelves y Mairenilla; Huévar, Paternilla de los Judíos con Espartinas como filial; Salteras con tres clérigos, las tres parroquias de Sanlúcar la Mayor con ocho clérigos, San Juan de Aznalfarache con su filial de Tomares y Valencina Tostón con Montijos. A partir de aquí fueron desarrollándose, como ocurría con los municipios, las distintas parroquias que se fueron insertando en tres vicarias eclesiásticas del arzobispado de Sevilla (Sevilla, Sanlúcar la Mayor y Aznalcázar), teniendo en cuenta que existían enclaves exentos de la jurisdicción del arzobispado y que lo fueron de las órdenes militares y regulares. La única alteración estatutaria en el periodo fue la ocurrida en Olivares al ser erigida su parroquia como Abadía colegial gracias al impulso del segundo Conde de Olivares, don Enrique de Guzmán, y de su hijo el famoso don Gaspar de Guzmán, tercer conde de Olivares, que quedó nullius diócesis y que agrupó los lugares del Estado: Albaida, Sanlúcar la Mayor, Heliche y Castilleja de la Cuesta. En torno a estas parroquias se desarrolló la vida religiosa de los aljarafeños. Nuestro autor nos da cuenta de ella, alude a las famosas cofradías, a los hospitales y, en definitiva, a las devociones más populares (pp. 376-384).
Antonio Herrera finaliza su obra realizando una semblanza del ajetreo cotidiano de los pueblos aljarafeños. Alude al desarrollo de los caseríos, a partir, muchos de ellos, de las viejas alquerías musulmanas, con una disposición radial a partir de la plaza, donde se encuentra la iglesia y las casas del cabildo, en muchas ocasiones aprovechando los propios caminos, por lo que se constata el aumento de este caserío al hilo de la demografía en la época estudiada. En este caserío detecta Herrera una maraña de casas pero también de haciendas, bodegas, molinos, atahonas, huertas y cortinales que dan vida a los pueblos aljarafeños y estructuran su poderosa arquitectura popular tan característica de la comarca. Describe las casas, en función del señor, del labrador o del jornalero, la ubicación de los mesones, la vida dentro de ellas, es decir, la incidencia de la economía doméstica, la comida diaria, el agua, el vino, el aguardiente, la caza, los oficios, la educación (las escuelas, el maestro, la alfabetización), la salud, la enfermedad y, por fin, la muerte.
Me consta que todos los aljarafeños aman su pueblo con pasión y, me consta también, que todos sus habitantes, los que han llegado con la expansión, han elegido libremente vivir en esta comarca. Sin embargo, la lectura de este libro, entre otras cosas, podría servir para conocer, y por ello amar, mejor el Aljarafe, para sentirse identificado con todo el conjunto de sus pueblos. Éstos, los pueblos aljarafeños, se han mancomunado para articular mejor su praxis vital: residuos sólidos, agua, desarrollo comercial y turístico; el amor hacia el Aljarafe, cuyo aumento proporciona esta lectura, nos inclina a mancomunarnos en la cultura: investigar, preservar y dar a conocer nuestro riquísimo patrimonio cultural, hace falta que nos sintamos orgullosos de los dólmenes de Valencina; de los dos monumentos de Santiponce: Itálica, la impresionante ciudad romana aljarafeña y, por supuesto, de sus dos hijos, nuestros paisanos: Trajano y Adriano, y del monasterio de San Isidoro del Campo; de la colegial de Olivares y de Juan de Roelas, clérigo en ella; de la rica Ivlia Constantia Osset (San Juan), de la Fuente del XVIII de Aznalcázar, la antigua Olontigi, así como de las portadas mudéjares de su templo parroquial; del río Guadiamar; de Laelia; de los retablos maravillosos de Umbrete; de la torre de Salteras; del Repudio, del palacio de Castilleja de Guzmán, de la torre mocha de Albaida, de la viga de la bodega de Góngora en Villanueva, de la Casa de las Monjas y del convento de Loreto de Espartinas, de la poetisa Mercedes de Velilla que murió en Camas, de allí es también Curro Romero, Paco Camino y Almendro y, por supuesto, el tesoro del Carambolo; de Castilleja de la Cuesta donde murió Hernán Cortés; de las haciendas de Bollullos; de Andrés Martínez de León que nació en Coria, la antigua Caura; de la Iglesia fortificada de Puebla del Río; de las murallas almohades de Sanlúcar la Mayor; de las haciendas, todas de propiedad municipal, de Gines..... de los olivos, de la viña, del mosto, del aire y de las gentes del Aljarafe.
Aquí concluimos este análisis de la obra del maestro Antonio Herrera, de su magnífica obra, que todo aljarafeño debería leer (como yo leí con fruición por primera vez hace ahora casi treinta años), y tener, como yo tengo en un lugar destacado y principal, el que más, de mi Biblioteca de Temas y Autores Aljarafeños.